viernes, 19 de octubre de 2007

DESIGUALDAD: EN NOMBRE DE LA LIBERTAD Y DE LA DEMOCRACIA, DE LA INDIVIDUALIDAD Y DEL LIBRE MERCADO


PARTE I

La diferenciación se ha convertido en una proclama del ser humano para defender su individualidad. Quién alguna vez no ha dicho "gracias a Dios somos diferentes", "si todos pensaramos igual que aburrido sería", sentencias que son utilizadas para poner de relieve que no todos somos iguales, que como género tenemos similitudes pero como individuos somos diferentes.


Sin embargo, cuando nos vemos colectivamente, situados en grupos sociales diferenciados por etnia, color o clase económica, resulta que pertenecemos a un grupo que se diferencia de los demás y entonces nos enfrentamos a la peor de las diferenciaciones: la superioridad de un grupo sobre otro a costa de la explotación, de la fuerza sobre aquellos que consideramos débiles. Es más, la práctica de la diferenciación se registra en el mismo grupo social, en el mismo grupo étnico, y bajo el lema liberal del pez grande se come al chico se compite en nombre de la libertad y de la democracia, de la individualidad y de la libre mercado.


Pero ¿qué es la desigualdad? En un mundo dividido en clases sociales, en fronteras políticas y económicas, nacen los ciudadanos de primera, segunda, tercera y cuarta clase. Y las condiciones favorecen, obviamente, a los que se encuentran en la cúspide de esta pirámide irracional. Los más desaventajados que sobreviven en condiciones precarias sufren las consecuencias de esa división clasista y con el objetivo de no perder el "estatus" alcanzado los de arriba oprimen y seguirán oprimiendo a los de abajo, no importa los medios para lograrlo, lo importante es mantener el "estatus".


Y los privilegios enlodan la élite de las denominadas clases sociales, y el tráfico de influencias salpica de bazofia el esfuerzo de los que con su talento y rectitud trabajan para todos y todas, y los compadrazgos insultan los años de experiencia de quienes conocen y saben más, y el nepotismo acaba con cualquier esperanza de hacer justicia y balancear las instituciones públicas que estáticas no logran colocarse al ritmo de la modernidad y lo que es peor ni siquiera a la medida de la realidad de nuestros pueblos latinoamericanos. Al final de cuentas nos terminan gobernando las élites mediocres, mercantilistas guíados por políticas que responden a intereses de los países más poderosos.

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